1 Busca la intención positiva detrás de la crítica
En vez de pensar en los argumentos que vas a tener que rebatir, piensa en los valores o principios éticos cristianos que están detrás de esos argumentos. Después, reflexiona sobre la manera en que, al principio de la discusión, puedes unirte al valor que sostiene el que critica. A partir de ese valor común, podrás ir desvelando otros valores ignorados.
A veces, el valor que se descubre detrás de la crítica puede ser opuesto a la concepción cristiana. Sin embargo, la idea seguirá siendo válida: es importante entender el valor detrás de la crítica —y, si es posible, nombrarlo— y mostrar que hay principios subyacentes en juego y su orden de importancia.
2 Aporta luz y no calor
Como personas de fe, queremos testimoniar —mediante nuestro comportamiento y por la manera de hablar— las verdades que enunciamos: nuestra forma de hablar dice quiénes somos. Si acudes a una discusión para aportar luz en vez de vehemencia, el énfasis será completamente diferente: escucharás con atención la opinión del otro y respetarás su punto de vista mientras defiendes el tuyo. Mantener la calma siempre funciona.
3 Las personas no se acuerdan de lo que dijiste, pero sí de cómo las hiciste sentir
No se trata solo de la lucidez de tus argumentos, sino del efecto que las palabras tengan en los demás. No somos nosotros los que persuadimos; es la verdad. Pregúntate: ¿He ayudado a que los demás entiendan mejor las enseñanzas de la Iglesia? ¿Cómo los he hecho sentir: animados o derrotados? ¿Inspirados o acosados?
4 No cuentes, muestra
Solemos preferir una historia a una charla y prestamos más atención a la experiencia que a los argumentos. Eso no quiere decir que no se deban utilizar argumentos. Pero siempre que puedas compleméntalos con ilustraciones, experiencias personales o situaciones hipotéticas que ayuden a «imaginar» lo que quieres decir.
5 Piensa en triángulos
Tu contribución debe ser concisa, clara y no ignorar a nadie. Pule tus ideas reduciéndolas a tres argumentos principales; suele ser difícil sacarlos todos, así que, si puedes tratar dos de los tres, lo estarás haciendo bien. Imagínatelos como un triángulo; cada idea un punto. Cuando estés hablando, piensa en cómo se relaciona el tema con ese triángulo y después argumenta.
No olvides los vaivenes del diálogo ni tus ideas principales. Tampoco esperes el momento «ideal» para expresarlas; simplemente identifica dónde se encuentra la discusión en relación con los puntos de tu triángulo. Al menos uno de tus tres mensajes clave debería sintonizar con la intención positiva detrás de la crítica.