Escucha atentamente y lee el texto de Dani Martín.
Soñar no es de locos
Infancia, bendita infancia
Es verdad que tengo una conexión muy real con mi infancia. El hablar tanto de ella quizá se deba a que ha sido una época muy bonita de mi vida y la echo de menos. Yo he tenido un padre protector y una madre cómplice. Pero no una madraza de las de tenerte la comida preparada y todo hecho, no. Mi madre ha sido cómplice porque me dejó elegir mi camino. Y ninguno de los dos ha estado nunca encima. Mi padre sí,
pero en cosas que no tenían mucho peso. Se preocupaba más de que apagara las luces que de que me pusiera a estudiar, pero ha sido el tío más cariñoso y bueno del mundo. Mi tesoro y mis cimientos son mis viejos. Son dos tíos increíbles. Para mí, lo más grande que existe.
A lo mejor, lo que quiero contarle al mundo es, por un lado, lo privilegiado que soy por tener lo que tengo y, por otro, lo privilegiados que somos todos por tener lo que tenemos. Aunque haya muchos que no se den cuenta de ello. Pero en mi caso, el tener unos amigos de toda la vida y unos padres como los míos me empuja a hablar de mi infancia. Ha sido tan bonita, tan especial y tan divertida, y a día de hoy sigue vigente, que de ahí mi «obsesión».
En la vida me he pegado con un niño, nunca. Aunque, claro, los del pueblo de al lado sí recuerdan muchas peleas. Dicen que me ha pegado todo el pueblo, cuando, que yo sepa, no me ha pegado nadie. Jamás. Teníamos a Josito, que era el que siempre se pegaba por nosotros, porque era el más fuerte y no permitía que nadie nos hiciera daño. Entre los amigos siempre hemos tenido una gran camaradería y hemos sido muy de proteger al que no sabía pelear, al más débil.
Un estudiante terrible
No recuerdo haber tenido profesores severos. Creo que lo son cuando un niño les saca de sus casillas y yo no llegaba a hacerlo, y además caía bien. Tan bien que a veces me decían: «Daniel: salte, anda», pero nunca era con mala onda. Tripití primero de BUP en tres institutos distintos. Mis padres me sacaban de Málaga y me metían en Malagón. Pero yo ya andaba con mi música y estaba en otra. Y ahí es donde mis padres me dijeron que si no iba a estudiar que me pusiera a trabajar. Y eso hice. Y luego, con veinte años, decidí sacarme el bachillerato en un año, en una escuela de adultos. Ese ha sido uno de los mejores años de mi vida, y lo que me ha traído hasta aquí. Me puse a estudiar arte dramático por las mañanas, a mediodía iba al gimnasio a correr y a hacer pesas, y por las tardes me iba al instituto de adultos. Y aprobé. Puse un montón de mi parte y me lo saqué. Aunque me costó, claro que me costó. Y después ya me puse con el arte dramático a saco y ya vino lo del grupo. Todo seguido.
La verdad es que recuerdo mi época de estudiante de manera divertida. Lo que pasa es que estar atento tantas horas me costaba mucho. Y menos mal que he tenido unos padres como los que he tenido y no unos padres rígidos, porque eso habría ido en contra de mi naturaleza. Mi naturaleza es esa. Soy una persona hiperactiva mentalmente, y si hubiera tenido a alguien que me midiera todo el rato, habría sido perjudicial. Sí, claro que me arrepiento de no haber estudiado más. Perdí tres años de mi vida haciendo el imbécil. Me gustaría ser quien soy teniendo la conciencia de que no he perdido tanto el tiempo durante tres años de mi vida. Todos mis amigos tienen carrera. Pero bueno. Yo en cambio he vivido otras experiencias que ellos y mucha otra gente no han vivido.
Dani Martín y Javier Menéndez Flores
Soñar no es de locos, Temas de Hoy (adaptación)