1.2.
Comprensión lectora
El principito: capítulo X
Se encontraba en la región de los asteroides 325, 326, 327, 328, 329 y 330. Comenzó, entonces, a visitarlos para buscar un trabajo y para instruirse.
El primero estaba habitado por un rey. El rey, vestido de púrpura y armiño, se hallaba sentado en un trono muy sencillo y sin embargo majestuoso.
—¡Ah! He aquí un súbdito —exclamó el rey cuando vio al principito.
Y el principito se preguntó:
—¿Cómo puede reconocerme si nunca me ha visto antes?
No sabía que para los reyes el mundo está muy simplificado. Todos los hombres son súbditos.
—Acércate para que te vea mejor —le dijo el rey, que estaba orgulloso de ser al fin rey de alguien.
El principito buscó con la mirada dónde sentarse, pero el planeta estaba totalmente cubierto por el magnífico manto de armiño. Quedó, pues, de pie, y como estaba fatigado, bostezó.
—Es contrario al protocolo bostezar en presencia de un rey —le dijo el monarca—. Te lo prohíbo.
—No puedo impedirlo —respondió confuso el principito—. He hecho un largo viaje y no he dormido...
—Entonces —le dijo el rey— te ordeno bostezar. [...]
—Eso me intimida…, no puedo… —dijo el principito, enrojeciendo.
—¡Hum! ¡Hum! —respondió el rey—. Entonces te... te ordeno bostezar o no bos... [...]
El rey exigía esencialmente que su autoridad fuera respetada. Y no toleraba la desobediencia. Era un monarca absoluto. Pero, como era muy bueno, daba órdenes razonables.
«Si ordeno», decía corrientemente, «si ordeno a un general que se transforme en ave marina y si el general no obedece, no será culpa del general. Será culpa mía».
—¿Puedo sentarme? —inquirió tímidamente el principito.
—Te ordeno sentarte —le respondió el rey, que recogió majestuosamente un faldón de su manto de armiño.
El principito se sorprendió. El planeta era minúsculo. ¿Sobre qué podía reinar el rey?
—Sire... —le dijo—, os pido perdón por interrogaros...
—Te ordeno interrogarme —se apresuró a decir el rey.
—Sire.... ¿sobre qué reináis?
—Sobre todo —respondió el rey, con gran simplicidad. [...]
Un poder tal maravilló al principito. […] Y como se sentía un poco triste por el recuerdo de su pequeño planeta abandonado, se atrevió a solicitar una gracia al rey:
—Quisiera ver una puesta de sol... Hazme el gusto... Ordena al sol que se ponga...
—Si ordeno a un general que vuele de flor en flor como una mariposa, o que escriba una tragedia, o que se transforme en ave marina y si el general no ejecuta la orden recibida, ¿quién, él o yo, estaría en falta?
—Vos —dijo firmemente el principito.
—Exacto. Hay que exigir a cada uno lo que cada uno puede hacer —replicó el rey—. La autoridad reposa, en primer término, sobre la razón. Si ordenas a tu pueblo que vaya a arrojarse al mar, hará una revolución. Tengo derecho de
exigir obediencia porque mis órdenes son razonables.
—¿Y mi puesta de sol? —respondió el principito, que jamás olvidaba una pregunta una vez que la había formulado.
—Tendrás tu puesta de sol. Lo exigiré, pero esperaré, con mi ciencia de gobernante, a que las condiciones sean favorables.
—¿Cuándo lo serán? —averiguó el principito.
—¡Hem! ¡Hem! —le respondió el rey, que consultó antes un grueso calendario—, ¡hem!, ¡hem!, ¡será a las... a las... será esta noche a las siete y cuarenta! ¡Y verás cómo soy obedecido!